Relatos Eróticos

Annaïs y los dos italianos – Relato Erótico

-“Siempre fui mala”, me dice Anaïs. Desde que la conozco que no hay nada que la detenga.

Y cuando digo nada, me refiero a que no se achica por nadie, sabiendo que ni siquiera es tan re linda ni tan perfecta. Pero ella tiene ese encanto de usar esas herramientas a su favor.

Aún recuerdo cuando llegaba a algún lugar y como leona en celo, fijaba la vista en su presa y hacía lo que fuera necesario para llamar su atención. No sé cómo lo hacía para que la mayoría de las veces le funcionara y, no sólo eso, lograba que tarde o temprano la volvieran a llamar.

Alguna vez me dijeron que tenía algo que cautivaba en la cama. Pero ninguno de los que conocí me supieron decir cuál era el secreto.

Pronta a cumplir 50, pensé que eso había dejado de ocurrir, hasta que nos fuimos de viaje a celebrarlo juntas con otras amigas de la época del colegio. Playa del Carmen fue el destino y teníamos 7 días para por fin descansar de niños, maridos, trabajos y tanto quehacer diario.

Al segundo día gozábamos de una piel canela preciosa, las ojeras se habían ido y con la humedad del lugar, hasta la piel se veía más turgente. El Caribe nos sentaba bien.

Yo compartía habitación con Annaïs y confieso haberla mirado muchas veces con algo de deseo… Claro que casi siempre ocurría cuando habíamos bebido tanto que hasta los pudores y el qué dirán se van bien lejos.

Bailando en la discotheque del hotel conocimos a unos italianos que parecían sacados de catálogo. Hermosos, impecables, perfectos y de un estilo tan glamoroso, que nos perturbaba. Pensábamos que andaban “juntos”, pero nos equivocamos, porque nos abordaron tan seductoramente que ni siquiera había terminado la primera canción y ya queríamos arrancar con ellos a la habitación. ¿El problema? Tenían 20 años menos que nosotras. ¡20!

Annaïs insistía que teníamos que vivir la experiencia. Yo le refutaba con la vergüenza que me daba desvestirme frente a jovencitos apretados y musculosos, llenos de colágeno natural y sin canas en ninguna parte. ¡Qué va! ¡Siempre digna! Pero no pude convencerla… Y a las 4 de la mañana figurábamos con dos treinteañeros en nuestra pieza bebiendo tequila y sintiendo cómo sus manos recorrían nuestras curvas al ritmo de ese reguetón asqueroso que nunca me gustó.

El alcohol fue el culpable. Porque siempre cuando se juega con fuego y te quemas, debes encontrar un culpable y una coartada. Y luego, negarlo para siempre.

Salí a buscar hielo riendo de tanta locura. Y a mi regreso veo a Annaïs con sus tremendos pechos y ese bronceado precioso en sus caderas, arrojada encima de nuestra cama con estos dos jóvenes italianos lamiéndoles toda la vulva mientras ella manoseaba sus pezones duros como roca.

Me quedé ahí, congelada (y no sólo por los hielos). No quería que se detuvieran. No quería que vieran que yo los veía. Y menos quería que vieran que estaba tan excitada con lo que estaba viendo.

La veo gemir y morderse los labios. Ellos no claudican, sino que arremeten con más fuerzas. Sus cuerpos preciosos, ardientes… los de los tres. No puede más que soltar lo que llevaba y apretar bien fuerte mi vulva para que dejara de latir. Sentía taquicardia. Sentía miedo de no poder controlarme y quedarme ahí metida, entre tanta piel y lengua.

De pronto ella se detuvo. Soltó las ligas que llevaba y con la misma media masturbó a uno mientras el otro la embestía con ese vigor juvenil que pareciera no tiene fin. Creo nunca olvidaré el rostro del que era masturbado. Tanto placer sentía que no logró contenerse y explotó en los exquisitos pechos de Annaïs. Y en ese minuto en el que siento que se me entrecorta la respiración y mis labios se humedecen, ella levanta su rostro, me mira coqueta, sonríe y susurra “ven”….

Hay un antes y un después.

Ella sabía que estar con dos hombres era mi fantasía desde los veinte y ella me entregaba en bandeja la maravilla de hacerla realidad.

Sus besos me calmaron y al oído sólo me repetía que soltara el control, que me dejara querer… Mi cuerpo lamido por tantas lenguas. Tantas manos en tan recónditos lugares. Tantas texturas y ritmos distintos. Tantas pieles calientes y suaves. Tanta calentura… que no tuve que hacer nada especial antes de sentir a los italianos en conjunto dentro de mí. Jamás pensé que mi cuerpo lo soportaría… Qué poco sabía de mi cuerpo y creo que me faltó espacio para tanto orgasmo. Ellos, al unísono una y otra vez, adentro y afuera, adentro y afuera, mientras ella gozaba mirándome disfrutar como nunca antes.

Exhausta, pero con el deseo permanente de que esto no terminara jamás… Annaïs les pidió alejarse de mí y sólo masturbarse de lejos. Abrió mis piernas, expuso mi clítoris y con mucha saliva succionó y succionó, como si me lo fuera a arrancar… Hasta que no pude más…y exploté en su boca, esa boca esponjosa y deliciosa de mi amiga Annaïs.

 

Escrito por @karenuribarrig

Autora “Inteligencia Sexual” y “Manual de Sexo a la Chilena”.

 

 

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